El oficio de traductor al castellano a veces lo pone a uno en situaciones inesperadas.
Hace poco me propusieron que vertiese al inglés en un par de días la sinopsis del argumento de un proyecto cinematográfico, con vistas a obtener financiación de una productora estadounidense.
Era martes. Eché una ojeada a los nueve folios y, con el aplomo de los grandes insensatos, le quité hierro a la cuestión: “No hay problema”, les dije. “El jueves la tendréis”. Me apliqué con la seguridad que a cualquiera le presta el haber estudiado, hablado, leído y practicado una lengua ajena durante muchos años y, el miércoles, tenía ya preparada una versión de la que me sentía pasablemente orgulloso. Es cierto que en más de una oportunidad había titubeado al escoger un verbo, un adjetivo o un modismo, pero al leerla en voz alta, “sonaba bien”.
Sin embargo, en el último instante mi experiencia de novelista -siempre a la búsqueda de mejorar- encendió la llama de una duda. ¿Qué hacer?, pensé. Decidí enviar el texto a un amigo mío, profesor de la Universidad de Chicago, con la petición expresa de que lo revisara a fondo (el correo electrónico -una de las maravillas de este fin de siglo- sirve para urgencias así).
Mi amigo, de una eficacia muy yanqui, me solucionó el asunto de la noche a la mañana. La traducción era correcta, comentó, pero había encontrado no menos de treinta ocasiones en que los matices requerían de un giro distinto si se deseaba que el lector no sintiese el aliento de un extranjero.
Tengo ahora muy claro que el bilingüismo perfecto, ese que permitiría conocer absolutamente “todas” las claves de más de una lengua como si fueran maternas, no existe.
Es posible que me lancen flechas por lo que voy a añadir, pero estoy convencido de que las obras “francesas” de Beckett, Arrabal o Kundera o las “inglesas” de Nabokov necesitaron asimismo de un amigo fiel.
¡Y qué más da! ¿Acaso lo importante no es el resultado?
Autor: Manuel Talens
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