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PRIMERO, LA PATRIA Imprimir E-Mail
Escrito por Alejandro R. Iaccarino   
martes, 27 de mayo de 2008

Si no actuamos con premura llegará el tiempo en que pensar en la Patria será un delito, y por éste, lloraremos en el silencio la muerte de nuestros más profundos objetivos.
Comencemos reconociendo que se está en una profunda crisis y así establecer alternativas concretas para lograr un diagnóstico, y luego pasar a su acción. Se debe fundar sobre otras simientes y cimientos. Reconociendo las actuales cenizas y teniendo en cuenta de que forma se planificó la destrucción de las instituciones. Se violaron los valores morales y éticos.
Muchas cosas en la Nación han cambiado, sobre todo la casta dirigencial. A ésta poco le interesa el ejercicio de su representatividad, poniéndose en claro que no asume la defensa del sentimiento de nuestra Nación, dejando inerme a la juventud, aniquilando sus fuerzas morales, enterrando el porvenir.
Esta nota puede tener la pretensión de ser leída y considerada: son sus credenciales las otorgadas por las más elevada y auténtica autoridad moral que existe en el mundo: el Evangelio, las Encíclicas Pontificias y la Constitución Nacional. De esas fuentes procede esta reflexión. Y de ellas mismas se derivan los principios inconmovibles y eternos sobre los cuales deberá asentarse la refundación nacional.
Si no actuamos con premura, llegará el tiempo en que pensar en la Patria, será un delito, y por éste lloraremos en el silencio la muerte de nuestros objetivos. Vemos horrorizados la desaparición del Estado-nación, la dirigencia continúa su afán de perdurar, y otros más atrevidos postulándose, como si lo logrado en su acción hasta la fecha fuera la panacea universal.
El primer principio es la Patria
: así exponía un sabio: ¿es acaso la sangre o el idioma? No, la sangre determina la vida física, el idioma la intelectual, pero pueden convivir individuos y familias de diversas razas y lenguas, y constituir juntos una misma patria. ¿Es entonces la forma de gobierno? No, hacerla concebir en esto, es incurrir en el error del materialismo político. ¿Es acaso el territorio? Tampoco. Este es el asiento, la posición, el dominio de la Patria, pero no la Patria. Hay naciones que con el empleo de la fuerza agrandan sus territorios, pero se empequeñecen en el concepto del mundo; y hay otras que, vencidas por fuerzas invasoras, ven reducidos sus dominios, pero por su heroísmo se agigantan en el aprecio de las naciones. ¿Es acaso la bandera? Tampoco. Esta es la enseña, el símbolo de la Patria, pero no es la Patria.
La Patria es algo más profundo y más sublime, más propio y más característico, más inviolable y más imperecedero. Es el acervo moral que se ha acumulado desde los albores de su origen. Es la convivencia compartida en las mismas modalidades y las mismas costumbres. Es la coexistencia en los mismos recuerdos y en las mismas esperanzas. Es el culto de las mismas creencias. Todo eso, que configura y define la fisonomía moral de una nación, constituye el alma de la Patria. Y nuestra alma es profundamente cristiana. Tan cristiana como Argentina. Esa alma debe ser conservada y defendida a costa del sacrificio de la propia vida. No debemos permitir que el alma de la patria sea desfigurada o cambiada. Tenemos el deber de defenderla sin recriminaciones ni violencias. Las ideologías y las doctrinas que para imponerse o para subsistir apelan a la violencia, se desprestigian a sí mismas. Nuestra arma de ataque y defensa debe ser el amor y la verdad.
El segundo es la libertad:
la libertad es el don supremo de Dios al hombre después del de la vida. Tan sagrada es la obligación que pesa sobre todos de respetar la libertad, como la de respetar la vida. El hombre tiene el mismo derecho a la una que la otra, porque le ha sido otorgada por el mismo Dios. Sin libertad la vida no vale la pena de ser vivida. No hay doctrina que defienda más la libertad que la cristiana. Enseña que sin libertad no puede existir la santidad. No hay santidad sin virtud, ni virtud sin mérito, ni mérito sin responsabilidad, ni responsabilidad sin libertad.
Proclamo la libertad como el patrimonio inviolable de todos y cada uno de los hombres de la humanidad, y como ciudadano argentino sostengo la inviolabilidad de la independencia de nuestra Patria, en la defensa del concepto de Estado-nación.
El tercero es la justicia
: la justicia es el equilibrio entre la moral y el derecho. “Lo justo es siempre moral”. El mundo que en que vivimos viene siendo como el reino de la injusticia. Un individualismo que para satisfacer su ambición se ha despojado de todo freno divino y humano, multiplicando las víctimas entre hombres, clases y pueblos. Los pueblos toleran los errores políticos y los extravíos morales de sus dirigentes. Pero cuando las injusticias multiplicadas les crean angustias económicas, y comienzan a ser acosados por la miseria, adelantan la hora de las rebeldías y las revoluciones.
Hace algún tiempo, nuestra república se vio agredida con la ruptura de la democracia por un golpe artero que entregó gran parte de nuestro patrimonio material. Las democracias actuales son formales, existiendo diferencia entre formal y real. Estas, las primeras, incrementaron el endeudamiento llevándonos a estos peligrosos límites.
Más trascendente que el espacio vital de las naciones en el mundo, es el espacio vital de las familias dentro de los pueblos. Con la politeia y paideia podría dársele explicación a las grandes falencias de esto que le llaman grotescamente “política” siendo un gran juego de egoísmos y ambiciones. Decía Pío XII: “Política es el acto de caridad fraternal más sublime”.
Es hora de hacer renunciamientos, o veremos lo que nadie desea. La desesperación no ha sido buena consejera en la hora de las tribulaciones. Que Dios fuente de toda razón y justicia, ilumine la mente y el corazón de nuestros gobernantes.

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