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Marte está en la órbita de Venus Imprimir E-Mail
Escrito por antonio roman sanchez   
lunes, 16 de junio de 2008
Los nuevos retos del modelo de sociedad occidental conducen a un nuevo tipo de mujer y de hombre.

La revolución más importante del pasado siglo XX ha sido la protagonizada por la mujer en el mundo occidental, lo que ha provocado una transformación de la sociedad. El siglo XXI nos lleva hacia un nuevo reparto de roles y ello impone unas nuevas reglas de juego.

La división sexual del trabajo ya no determina la organización de la cultura en el mundo occidental, y los avances sociales han permitido la igualdad de derechos. Ahora bien, la lucha continúa porque la mujer se siente aún discriminada en el reparto de tareas en el hogar y en el mundo laboral. En este contexto surge el paradigma dominante de lo políticamente correcto, que nace de la antropología marxista y viene a defender la idea de que las diferencias y la superioridad del hombre sobre la mujer tienen su raíz en la cultura, y por consiguiente, si eliminamos las barreras educacionales, llegaremos a la igualdad plena. El uso de un nuevo lenguaje y la eliminación de relaciones de dominio ancestral, constituyen los focos de lucha para su erradicación y consecución del paraíso de la igualdad de sexos (nunca de la libertad, que es concepto burgués).

No es pretensión combatir las ideas, pero sí la estupidez. Obviamente el lenguaje ha realzado las diferencias entre hombres y mujeres y les ha asignado los vicios y virtudes propias que la cultura atribuía a la masculinidad y la feminidad. Desde el Génesis y la incitación al pecado por parte de la mujer en la que Eva consigue que Adán coma el fruto prohibido, con la paradoja de que el relato bíblico presupone la virtud de la osadía a la mujer y la falta de valor al hombre, a la mujer se la ha considerado pecaminosa.

Recordemos también el mito del ánfora de Pandora. Zeus se enfurece porque Prometeo le robó las semillas al Sol que proporcionarían la fertilidad de la tierra, y ordena la creación de una mujer llena de virtudes y belleza. Hefesto la moldeó con arcilla, las Gracias la ataviaron con joyas, y Hermes puso en su pecho mentiras, capacidad de seducción y carácter voluble. Epitemeo, no escuchó la advertencia de su hermano y aceptó a Pandora como esposa y regalo de los dioses. Hasta ese momento según el relato del mito, la humanidad había vivido una vida armoniosa, pero Pandora abrió el ánfora que contenía todos los males y vicios y las desgracias cayeron sobre la humanidad.

No podemos dudar de la eficiencia del lenguaje para subrayar las diferencias. A modo de ejemplo pensemos en el uso semántico que damos a la distinción entre zorro (hombre listo) y zorra (prostituta); hombre público (señor que ocupa cargos para el bien de la colectividad) y mujer pública. Obviamente no se trata de hacer una lista exhaustiva, simplemente subrayar el problema y pensar que incluso lo trasladamos a la poesía como cuando nos referimos al mar en masculino para expresar su belleza y armonía, y a la mar para subrayar las calamidades que traen las tempestades. También en el polo opuesto se dan diferencias: machista y feminista; marujo calzonazos y maruja tienen connotaciones radicalmente distintas.

Tal vez la estrategia de la cultura haya sido esa, buscar la eficacia en el reparto de roles asignando tareas y virtudes distintas. De esta forma, el varón se dedicaba a los trabajos que exigían valor, riesgo y fuerza; y la mujer la crianza de hijos, personas mayores y vertebración de la familia. De manera que tanto la evolución como la cultura nos han hecho diferentes y la ciencia subraya la diferencia de los mecanismos conceptuales en nuestros cerebros, ¿es el hombre por ejemplo, capaz de realizar más de una tarea a la vez con eficiencia?

Otro punto de conflicto es la desigualdad de oportunidades y salarios en el mundo laboral. Si descartamos las Administraciones públicas en las que obviamente no puede establecerse discriminación alguna, nos instalamos pues ante una paradoja, cual es la de pensar que el empresario es perverso y prefiere perpetuar las diferencias, o bien que es estúpido porque podría aumentar sus beneficios contratando en exclusiva a mujeres a las que pagaría salarios más bajos. La tensión social se traslada también al seno del hogar, reclamando las mujeres mayor reparto de tareas.

No se cuestiona la nueva escala de valores, que es fruto del progreso social, y en el que se ha llegado al consenso de igualar derechos y obligaciones; se subraya la estupidez y la búsqueda idílica del nuevo hombre. Mi abuela Catalina me decía de niño una máxima que definía mejor que cualquier discurso, el papel de la mujer de su época: una mujer sin hombre, no tiene ni nombre.

Ahora bien, definido el marco de valores nuevo de nuestra sociedad occidental, y aceptando los retos que conllevan, lo que se combate es la patanería, el esperpento. La nueva ideología de la cultura de género en su lucha contra el lenguaje sexista, pretende imponer el uso de sustantivos en femenino que tienen la consideración de término marcado o neutro. Por ese camino llegaremos a reclamar la acepción de uso de miembra o de poeto, la condena de Aristóteles por su concepto de la mujer y la exigencia de la interpretación de Alfredo a María Callas y a Pavarotti de Violeta, en la Traviata.

La estupidez enmascara el nuevo escenario social y nos conduce a absurdos metafísicos. El nuevo hombre que se reclama, se pretende que sea femenino, y por el contrario la mujer debe masculinizar su visión de la vida. Así todos iguales, despreciando la riqueza de las diferencias que nos complementan.

¿Alguien ha evaluado el coste emocional y las frustraciones personales como consecuencia de la estrategia de imposición del nuevo paradigma progresista? Tal vez por ello la mujer busca a un hombre que no se ha formado culturalmente con arreglo a los patrones que exige, y el hombre anhela una mujer que ya no encuentra. Tal vez pretendamos que el hombre se feminice y la mujer se masculinice.

Si de verdad queremos ser progresistas, avancemos marginando la estupidez y erradicando el hostigamiento al hombre como si en la naturaleza de nuestros genes estuviese el ansia de dominio y violencia hacia la mujer, es decir, usemos la razón como instrumento y no las vísceras y el marketing fácil, al gusto de la patanería, de fácil consumo y simplicidad en los planteamientos.

Modificado el ( jueves, 19 de junio de 2008 )
 
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