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Los hechos hablan por sí mismos, el constante irrespeto a la vida, a los semejantes, la libertad, la niñez, el adulto mayor, las creencias individuales, los valores culturales, la naturaleza y la propiedad privada, demuestran la necesidad de fomentar la cultura del respeto entre los seres humanos, a fin de garantizar el respeto a la vida, dignidad humana, naturaleza y acatamiento de las normas sociales. El cumplimiento de las normas que rigen nuestra vida es básico para el logro de la libertad, la solución pacífica de conflictos, la salud mental y la sana convivencia. El respeto a la dignidad humana promueve estilos de vida saludable, promueve la felicidad, fomenta la autoestima, facilita el rendimiento laboral, académico, social y familiar. El respeto a las autoridades, los adultos mayores, menores de edad, personas con discapacidad y de aquellos que piensan distinto a nosotros, hacen parte también del logro de una vida armónica. Se debe cultivar el respeto para consolidar principios éticos y morales que impidan la violencia intrafamiliar, el maltrato infantil, el maltrato al anciano; para desarrollar mayor conciencia y responsabilidad social frente a los propios actos y fortalecimiento de la sociedad; para construir una sociedad que promueva la paz, la tolerancia, el perdón y la comunicación interpersonal; para cumplir con nuestro deber de cristianos. El respeto lleva a querer y cuidar nuestro cuerpo, a evitar realizar acciones que atenten contra sí mismo o los demás. Compromete a proteger los recursos naturales, el planeta, evitar la contaminación del agua, aire y suelo, evitar la tala indiscriminada de bosques, hacer uso racional del agua, defender la vida de los animales. La falta de respeto atenta contra la naturaleza, ocasiona desequilibrio ecológico, desastres naturales; impide vivir con seguridad, en abundancia, nos mantiene en el subdesarrollo, niega toda posibilidad de reconocer los derechos humanos, impide el respeto a sí mismo, permite daños físicos, mentales y espirituales hacia los demás, incumple la ley, las normas sociales y jurídicas, entorpece el normal desarrollo humano, la consolidación de la familia, el establecimiento de relaciones afectivas duraderas. El respeto es un elemento fundamental que nace, promueve y ejemplifica en el hogar, los padres de familia o personas a cargo de los menores, deben convertirse en modelos positivos de aprendizaje social y humano, una familia que no procure este valor, que no se comprometa con su enseñanza y ejemplo, difícilmente contribuirá a la sana formación de seres humanos, personas útiles a la sociedad, responsables consigo mismas, con los demás. La cultura del respeto es un compromiso que cada persona debe asumir, por el bien de sí mismos, del país y de la sociedad donde crece y se desarrolla. Recordar que el país y la sociedad que construimos, constituyen el legado que dejamos a nuestros hijos, a las nuevas generaciones. Una sociedad inmersa en los antivalores, conduce a los seres humanos y todo ser vivo a la autodestrucción. Encaminemos nuestro esfuerzo hacia el fortalecimiento y mejoramiento de nuestra familia y semejantes.
Maritza Rocío López, columnista del Diario del Huila. Psicóloga de profesión, persona interesada en la promoción de estilos de vida más saludables, el respeto a la dignidad humana, los derechos humanos y la familia. Puede contactarla en
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