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La muerte se ha paganizado en el crisitianismo, conviene alejarse de la vanidad de los vivos y recuperar su auténtico sentido.
¿Es superior una Orden religiosa dedicada a la vida contemplativa a aquella otra que se consagra a la vida activa? Santo Tomás respondió: “Es más perfecto comunicar a los otros lo que se ha contemplado, que únicamente contemplar”. El hombre tiene una dimensión espiritual que nos conecta con lo numinoso en busca de nuestra sabiduría de vida y de nuestra comprensión de la realidad. Para las personas religiosas, entendiendo el término como la respuesta vital a esa dimensión, la alianza de razón y fe nos conducen a esa dicotomía de ausencia y presencia de Dios en el mundo. Si hacemos un breve análisis de los términos que las distintas Órdenes religiosas llevan anudados a sus lemas, encontraremos Contemplari, Laudare, Praedicare, es decir contemplar, alabar y predicar que supone en definitiva nuestra respuesta subjetiva a ese Don Divino que se objetiva en ideas que todos tenemos interiorizadas sobre el anhelo de justicia, paz, caridad, fraternidad... Kant criticaba la exhibición de vida en sacrificio porque no emanaba de la autonomía de la razón. De cualquier forma fue incapaz de unir la razón a la vida, algo que la tradición española ha bordado, puesto que nuestra filosofía está en nuestra literatura y en nuestra manera de vivir. He tenido la inmensa fortuna de conocer a Ambrosio Fernández Arias, un hombre extraordinario, dedicado a hacer obras de caridad, ayudar económicamente a los necesitados y empeñado en humanizar la muerte, convertida en objeto de comercio y en el que las personas encargadas de proporcionar ese último descanso no saben dar a su trabajo el contenido piadoso que se precisa. Ambrosio vivió como ermitaño dotando de amor y piedad a los muertos, junto al cementerio de Teresa de Cofrentes (Valencia- España) en unas condiciones muy precarias, sin ninguna comodidad de la civilización moderna. Fue fiel a sus principios y ejerció una resistencia absoluta a vivir en otras condiciones de vida. Pasó sus días rodeado de cruces, que fabricaba con todo tipo de material y alimentando su vocación con sus reflexiones, pero renunciando a su vez al aislamiento del mundo del anacoreta para implicarse en el apoyo a los más necesitados. Sencillo y austero, desconozco si tuvo alguna experiencia mística y me temo que jamás lo hubiese comentado. Hermano fossor y crucífero, tan humilde y ortodoxo en sus convicciones que fue incapaz de permanecer en comunidad con los Hermanos Fossores de la Misericordia de Guadix, Trapenses y Cartujos. Su muerte se produjo el día de difuntos, como un regalo providencial en comunión con su biografía. Si hemos hecho un breve trazado de la vida de Ambrosio, ha sido porque tal vez él, ajeno a cualquier pretensión, haya sabido sintetizar la vida contemplativa, la alabanza a Dios y predicar y ejercer la caridad cristiana. Él no hizo suyo jamás el muero porque no muero de nuestra Teresa de Jesús. Para una persona en comunión directa con los muertos, la vida era amable y sentía que le posibilitaba realizar el bien y crecer en la virtud. La muerte no debe temerse –afirmaba-, si acaso la vida, que la entendía como los clásicos ascetas del pasado, es decir como una preparación de la muerte. Enlazando con la pregunta escolástica, Ambrosio supo comunicar a los otros lo que contemplaba, pero lo hizo con su forma de vivir volcado en la ayuda a sus semejantes; con su cordura dentro de su locura, pensando para sí: todas las personas que me quieren, están empeñadas en que viva alejado del cementerio, pero yo debo vivir aquí, en compañía de la Cruz. Su respuesta vital no fue un acto irracional, obstinado en vivir padeciendo y sufriendo incomodidades, fue una respuesta autónoma de su firmeza y de su fe. Hablen sus obras y callen los filósofos. Mayor información en http://iglesiaenaccion.blogspot.com/ |